Reflexiones de una mamá en tiempos del coronavirus

Reflexiones de una mamá en tiempos del coronavirus

Reflexiones de una mamá en tiempos del coronavirus

Por: Lexy Garay Álvarez

Me paro en la sala de mi apartamento, miro por la ventana. Veo las luces de los edificios en los cerros de Bogotá e imagino a otras personas en sus ventanas, como yo, mirando al vacío, sintiendo que todo esto es irreal.

Al fondo, en segundo plano, escucho las risas de mi hijo mientras juega con mis dos perros. Volteo y los veo tan ajenos a todo: a la pandemia, a los más de 8 mil muertos hasta el momento, a la amenaza de crisis económica, a la indiferencia de nuestra sociedad.

Corren, mi hijo se ríe, los perritos ladran. Los miro, siento desesperanza. Camino rápido hacia el baño de mi habitación, cierro la puerta y lloro.

Tengo miedo.

La vida como la conocemos no será más. Y no se trata de una profecía apocalíptica: la forma de relacionarnos con los demás, con la naturaleza y con nuestros bienes materiales cambiará irremediablemente. Independiente de cuánto dure la cuarentena y de si salimos o no ilesos de ella, estamos atravesando un punto de quiebre para la humanidad y ese es un reto para el que no estábamos preparados.

Lloro con angustia, me limpio las lágrimas y luego recuerdo que debo tocarme la cara lo menos posible (difícil reevaluar algo tan cotidiano en tan poco tiempo). Mi hijo golpea la puerta. Oigo un “mamá Lexy” con su voz dulcesita y se me hace un nudo en la garganta, las lágrimas no dejan de salir. Intento componerme para abrirle, le sonrío de la manera más natural que puedo, lo abrazo.

Tal vez una de las lecciones que nos quede de esto sea dejar fluir sin tanto recelo los sentimientos, los bonitos y los no tan chéveres. A estas alturas de la pandemia todos tenemos dentro alguna sensación que no es fácil de manejar o, si quiera, de reconocer. Intentar aceptarnos desde la incertidumbre, el desespero o la rabia podría ayudarnos a transitar por este camino que no será corto y que nos pondrá en muchos escenarios desconocidos y complejos.

Alejo me mira a los ojos, me dice “estás triste” y me abraza otra vez. No puedo responderle, me sobrecoge la inocencia con la que asume todo y me invade el temor de lo que pueda venir para él, para mí con él, para su papá, sus abuelos, sus tíos… Para todos.

Intento secarme las lágrimas rapidito y pienso qué decirle para cambiar su foco de atención. Luego caigo en cuenta de que en mi infancia nunca me normalizaron la tristeza y aprendí con el ejemplo a fingir fortaleza así por dentro estuviera en ruinas. Con esa lección me quedé y me fui quebrando emocionalmente de muchas maneras, muchas veces, hasta sentir que no podía con la vida. La tristeza me asustaba porque para mí estar triste no estaba bien.

Miro al niño a los ojos y recuerdo cuando me lo entregaron en el quirófano hace casi cuatro años.

Él lloraba con la fuerza de su alma saludando al mundo, yo no sabía qué hacer; no podía creer que ese pedacito de cielo se hubiera hecho carne dentro de mí. Mi ginecólogo me dijo “háblale mamá” y solo supe decir su nombre con más nervios que convicción. Alejo me miró con firmeza y paró su llanto por un instante. En ese momento entendí que mi voz y mis palabras marcarían mucho de su camino.

Con ese recuerdo en mi memoria y él a mi lado, camino hacia la cama. Nos sentamos y le cuento que mamá tiene miedo y está triste, le digo que sentirse así es natural, que el alma a veces necesita limpiar y sanar, que todo pasará y que estaremos bien, que juntos lo lograremos. Él sonríe, me dice “si” y se va corriendo tras los perritos. Yo me quedo ahí, llorando, aceptando con humildad que toda esta situación me sobrepasa.

Al tiempo, voy entendiendo que mi hijo también necesita contención y apoyo y que, aunque no lo identifique o lo exprese con la misma vehemencia que un adulto, para él este proceso es un desafío.

No es secreto que los niños requieren rutinas y anticipación porque, debido a la estructura de su cerebro en desarrollo, tienen poca tolerancia a la incertidumbre. Y justo eso, incertidumbre, fue lo que llegó por montones con el COVID-19.

Es muy posible que nuestros peques estén más irritables por estos días; algunos estarán aperezados o más callados, otros comerán o dormirán menos. Todo esto es producto del cambio en sus entornos y es una respuesta natural de su psique y su cuerpo al desbarajuste.

¿Cómo ayudarlos? Hablemos con ellos de lo que está pasando con palabras sencillas, sin asustarlos y con conceptos que puedan procesar de acuerdo a su edad. Además de los arcoíris con mensajes de esperanza motivémoslos a identificar y expresar, desde el arte o el juego, cómo se sienten y cómo perciben su nueva realidad.

"Es muy válido buscar el lado positivo de la cuarentena para hacerla llevadera pero no pasemos por alto algo tan necesario como reconocer lo que nos cuesta de este proceso..."

Y ese ejercicio también aplica para nosotras, las que contenemos, las que guiamos. Es muy válido buscar el lado positivo de la cuarentena para hacerla llevadera pero no pasemos por alto algo tan necesario como reconocer lo que nos cuesta de este proceso. Materialicemos en palabras, lágrimas, mandalas, poemas o cualquier otra cosa, esos sentimientos no tan ‘políticamente correctos’ que escondemos bajo la almohada. Busquemos acciones que ayuden a reconocer las emociones contenidas para aceptarlas y liberarlas.

No romantizar ni minimizar la situación y reconocernos en un entorno angustiante nos quitará algo de presión. Ya tenemos bastante con cuarentena, casa, maridos, hijos, teletrabajo, mascotas, estudio, finanzas y tareas del colegio o jardín, como para sumarle la carga de asumir que todo sigue normal. Nada es normal ahora.

Estamos en medio del huracán viendo como todo lo que sabemos y reconocemos seguro, cambia. Las rutinas, lo propio, lo importante, lo prescindible, lo sorprendente, cobra ahora un sentido diferente y adaptarnos a eso nos cuesta. Aceptar esa dificultad para navegar en lo desconocido es un paso que nuestra salud mental en tiempos de confinamiento agradecerá.

Salgo de la habitación y sin lograr contener las lágrimas camino hacia la sala. Miro la foto de mi abuelita, mi estrella polar. Pienso en cuántas crisis habrá vivido ella, cuántas cuarentenas aguantó, cuántos días se levantó con miedo en el alma y un río en los ojos a seguir adelante, por sus hijos, por ella.

Me paro de nuevo en la ventana. Alejo corre por la sala jugando a ladrar como mis peludos. Afuera, la ciudad triste y en silencio está cambiando, lucha como puede, se adapta con lo que tiene a lo que nos presenta la vida.

 

La ciudad llora triste y en silencio. Como yo. 

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