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¿Por qué es importante equivocarse, reír y hasta llorar leyendo?

¿Por qué es importante equivocarse, reír y hasta llorar leyendo?

¿Por qué es importante equivocarse, reír y hasta llorar leyendo?

“No sé cómo haces para leer cuentos en frente de los niños”, me dijo un conocido hace pocos días. “¿No te da miedo equivocarte cuando lees?”….

La pregunta era sincera. Quién me preguntaba es alguien por que dice las cosas de frente y con franqueza. Por eso sabía que su pregunta era auténtica. No era un juicio, ni una crítica; era el temor real de muchos padres o adultos que reconocen lo difícil que es aceptar un error frente a los niños y más aún, ante sus hijos.

“Al contrario,” le contesté rápidamente. “Aprovecho cada error que cometo para enseñar algo. Así les muestro que se pueden cometer errores cuando se lee, que no se tiene que ser “perfecto”. Que se puede interrumpir una lectura para aclararse la garganta, para sonarse y hasta para reír a carcajadas o para enjuagarse las lágrimas.”

No me dejó terminar la frase, “¿Cómo así? ¡Lloras frente a ellos!”

“¡Si! Hay libros que hacen que se me quiebre la voz sin importar cuántas veces los haya leído antes. Y hay momentos en los que estoy más sensible y algo simple me hace lagrimear de manera sutil. Y ellos me miran en silencio y entienden que los libros producen llanto, risa y enojo y que no tienen que controlar o esconder sus sentimientos o emociones frente a esas palabras impresas en el papel. Al contrario, mis respuestas emocionales dan pie a que afloren las de ellos”, le respondí.

 “Entonces, se vuelve todo un mar de lágrimas”, se burló. “¿Cómo manejas eso con los chicos? “ siguió indagando.

Mi respuesta no necesitó mucho pensamiento, “Es preciso mantenerse en el contexto. No se trata de una sesión de terapia grupal. Simplemente verbalizo mis sentimientos, digo que esto o aquello me pareció divertido o triste y que me gusta saber que no soy la única que se siente así. Que es maravilloso cuando encuentras algo que te genera mariposas en tu interior o cuando algo te recuerda de alguien a quien quieres o extrañas porque te obliga a pensar en ellos; que a veces es muy difícil aguantar las lágrimas en la garganta.”

"los padres y los adultos nos creemos inquebrantables; nos da miedo mostrar nuestro lado débil o cansado frente a los pequeños..."

Y sin embargo, su pregunta inicial, aquella sobre los errores, se quedó en mi cabeza generando inquietudes. “Sabes, muchas veces los padres y los adultos nos creemos inquebrantables, pensamos que todo lo debemos hacer bien; nos da miedo mostrar nuestro lado débil o cansado frente a los pequeños y tememos que terminen copiando nuestras debilidades y nuestros errores. Queremos que ellos nos vean como superhéroes, siempre dispuestos y alegres; siempre con miles de ideas y con energía, conocedores de todo y enciclopedias que saben todas las preguntas y conocen todas las respuestas. Y ellos mismos terminan por creer que deben ser siempre así. Y cuando  no pueden hacer algo bien, no tratan siquiera por miedo a equivocarse; cuando no se sienten seguros de algo, buscan excusas para no hacerlo y cuando no saben algo, hasta se inventan las cosas más absurdas en vez de reconocer que la ignorancia es la base de la curiosidad y del conocimiento.”

Supongo que mi larga respuesta le gustó o lo dejó pensativo, porque se quedó en silencio y al rato me cambió el tema.

Pero, ¿y yo? Yo creo en mis palabras. Si, he llorado frente a los niños leyendo libros tan sensibles como Un pasito y otro pasito de Tomie De Paola, El zorrito abandonado de Irina Korschunov, Guillermo Jorge Manuel José de Mem Fox o Nana Vieja de Margaret Wild; no he podido aguantar la carcajada y me he reído con mis oyentes chicos cuando leo Voy a comedte de Jean-Marc Derouen o El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza de Werner Holzwarth y Wolf Erlbruch.

También he tenido gripa en alguna que otra hora del cuento y mi voz ha sonado ronca y poco clara cuando dijo “Babia una bez, unos niños que se llamaban Bansel y Gretel”. He tenido que parar para toser porque las cosquillas en la garganta no me dejaban concentrar en las palabras que seguían y he mirado a los niños con cara de perdida porque me preguntaron por el significado de una palabra que yo no conocía. He dicho “No sé” varias veces y he propuesto abiertamente buscar la respuesta; he recurrido al diccionario físico o he buscado en mi celular la información para entender algo que no me ha quedado claro y he mirado con ellos en un mapa porque no sabía dónde quedaba una ciudad mencionada. Y en algunas pocas ocasiones, leyendo con uno o dos chicos he dicho que el libro no me está gustando o que no estoy entendiendo y que debo releer un fragmento otra vez para me quedara claro.

"Los lectores no se miden por la cantidad de errores que se cometen al leer en voz alta..."

Los lectores no se miden por la cantidad de errores que se cometen al leer en voz alta. Muchas veces, “se lengua la traba”, las letras en el papel se empañan, las comas y los puntos se brincan. ¡Y no pasa nada!  ¡O quizás en ese momento pasa mucho! Porque los niños entienden que lo importante es esa pasión por lo que se está leyendo, que lo fundamental es comprender lo que ahí está escrito, que se puede devolver y corregir y que nadie los va a juzgar por esos deslices.  A veces me rio y repito; otras, me corrijo y pido disculpas;  busco y descifro en contexto, ignoro y sigo leyendo. Los lectores reales son aquellos que sienten con el corazón y el alma lo que leen y que no se dejan distraer por palabras mal pronunciadas o trastocadas en la hoja.

 

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